La señora sin nombre. Por esta descripción podría ser cualquiera, podría tratarse de ti, de un amigo, incluso de un nosotros de dos novios que se regalan el yo. A veces imagino que esto no es real, que ella no es nadie más que el personaje que he creado para alimentar mis letras, para exigir emoción al aburrimiento de las horas muertas. Me cuesta admitir que no es así, que no son mis manos las que manipulan el relato, sino ella, su propia vida cargada de defectos como la de otros tantos, su propia vida me cede el privilegio de la curiosidad. Una más entre aquellos excéntricos que alimentan cotilleos de los que dicen ser gente común. Todos sabemos de su existencia, creemos conocer su historia al permitirnos la licencia de inventarla sin comprender, a penas, que todavía no le hemos puesto nombre. Quizás no importe tanto, al fin y al cabo estamos acostumbrados a tratar con el mundo desde la distancia, a forjar cadenas de relaciones que fallan en lo fundamental.
A veces olvidamos que lo esencial es invisible simplemente por su facilidad de mostrarse sin tapujos.
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