En su vida, ninguna falta de ortografía. Bajo el brazo, un curriculum a lápiz susceptible de ser corregido. Camina marcha atrás para borrar sus huellas, estropear las horas no puede doler tanto como la indiferencia.
Todavía recuerdo cuando de niñas seguíamos sus pasos a hurtadillas, advirtiendo entonces el cautiverio de una mirada inquieta. Se trataba de un juego, la búsqueda inocente de la intriga. Pero un día, cansadas de su olor vespertino a café irlandés y el tacto almidonado de aquellos escondites en la acera de enfrente, quisimos enfrentar curiosidad y combate, generar otra chispa de vibración. Presencié la escena rígida, hierática e inexpresiva como las esculturas antes de ser descubiertas por los griegos. Fue la primera vez que me cedió los ojos, ahora, su rutina se nutre al intimidarme. Sin embargo, el único motivo que me impulsa a seguir callando, es escandalizar a un público que todavía no ha sido preparado para ello.
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