martes, 27 de marzo de 2012

Anónimos

El trayecto transcurría entre silencio, gestos cansados y ese calor apelmazante que caracteriza los transportes públicos. Como de costumbre en esos días, no tuve más remedio que acomodarme en el primer asiento libre, aunque lo de acomodarse es un decir. La gente va tan cargada que parece que sus trastos los arrastran a ellos y luego, si sobra hueco, quizás entonces se puedan sentar.

De repente, el tono de un teléfono distrae mis pensamientos. Supe al momento que no era el mío, lo que hizo la situación todavía más entretenida. Mis oídos se esforzaron por descifrar lo que una voz femenina recriminaba a su interlocutor. Lo miré de reojo, disimulada, como abstraída en mí misma (siempre me ha resultado divertido el rol de parecer ajeno).
Su expresión había cambiado, el ceño fruncido, el rubor en sus mejillas, los párpados y las manos se agitaban nerviosos…
Decidí abrir un libro. Que parezca que leo -pensé- me interesa que él siga confiando en su anonimato.
Hablaba muy bajo, con la voz suave y quebrada, intentando calmar los ánimos de lo que parecía una ruptura amorosa. La situación me entristeció. La otra voz, oculta tras el teléfono, no paraba de decir barbaridades. Ésta sonaba alta aunque insegura, obsesionada (diría yo) por llevar la razón, empeñada hasta el extremo en hacerse valer.

Anunciaron la siguiente parada por megafonía. Empecé a recoger mis cosas mientras, con gesto cómplice y casi instintivo, me despedí. Rápido y sorprendido por mi reacción, levantó su mirada inquisidora y gris.
Había olvidado por completo que yo sí fui anónima para él.