El resto de la gente finge estar equivocada, o suspira girando la vista, algunos disimulan, no sé por qué. No me concentro, pero casi mejor, la situación es simplemente divertida, inusual, aunque también algo molesta. Bastante molesta diría yo, es cierto que es el campo cultivo idóneo para cualquier tipo de literatura, en especial podríamos crear una novela satírica, con cierto humor negro adherido a una ironía burlesca. Cuando solía leer a Cela o a García Márquez no imaginaba que existieran realmente personajes tan estrepitosos, y mucho menos que alguna vez pudiera darse la ocasión de verlos juntos. Pero aquí estoy, en un circo de variedades maquillado de tren de cercanías, al menos los payasos no pintan su sonrisa.
Contextualicemos un poco más el escenario: 25º de temperatura ambiente, asientos confortables abarrotados, voces que se confunden y un pasillo estrecho. Mi espacio de movimiento es limitado, lo limita el Pasajero de al lado que ahora mismo duerme. El Pasajero de al lado, el que ahora mismo duerme, no deja de sudar y provoca un calor nada agradable. El Pasajero de al lado me desconcierta, se muestra amable sin hablar. Este podría ser el mudito, que ahora ya no duerme, pero ojea, silencioso, el periódico mientras asegura cada cierto tiempo que su frente no se empape demasiado. Unos asientos más adelante hay una Chica ruidosa que ya se va, y unas Mujeres de Botero que también bajan en la siguiente parada. La Chica ruidosa tiene un problema, la acompaña su madre. La madre de la Chica ruidosa también tiene un problema, cuidar de su hija ruidosa. Pero voy a respetarlas, no estaría bien hablar de alguien que ha abandonado el circo. Cuando se abre la puerta entra un brisa que refresca y ventila, se agradece dadas las circunstancias. Las Mujeres do Botero también se han ido, pero antes han terminado el show. Imagináis que en toda función nunca pueden faltar, Botero lo sabía y por eso las pintaba. Estas no tienen barba pero son de buen paladar, toda mujer de buen paladar merece ser pintada por Botero. Voy a ocuparme ahora del Simpático cuerdo, mejor lo dejo para el final, es el más divertido. Aunque penséis que los cuerdos no tienen gracia a este le sobra, también le sobran otras cosas de las que nos ocuparemos más adelante. Vamos, entonces, con el Grupo portugués, no sé si cambiarles el nombre por uno más comercial, pero es bastante adecuado y definitorio. En el Grupo portugués hay, como en todo grupo que se precie, un Chico que despunta. El Chico que despunta del Grupo portugués decide sentarse en el medio del pasillo, caiga quien caiga. Hay un asiento libre algo alejado del resto, un Grupo portugués no puede dividirse nunca. El Chico que despunta se sienta, finalmente, en el medio del pasillo. No podemos pasar y yo me río, que por algo es un circo. El resto de la gente finge normalidad, o suspira girando la vista, algunos disimulan, no sé por qué. El resto de la gente son los espectadores, un Público poco participativo. Entre el Público poco participativo aparece nuestro último personaje, el Simpático cuerdo. Resulta que el Simpático cuerdo es el único que encuentra raro el descaro del Chico que despunta. Y aquí empieza todo, con el Simpático cuerdo, el único al que la gente, de nuevo no sé por qué, no disimula su pudor. Entonces el Simpático cuerdo, cerveza en mano, con la única sonrisa real que he visto en un circo y el cuerpo tambaleándose inestable, soltó una frase que transcribo literal porque merece ser el final de esta historia “¿Y a este que le pasa? ¿está colocado o qué? Si yo pensaba que el que estaba colocado aquí era yo”
*Esta historia y sus personajes son totalmente ficticios. Cualquier parecido con la realidad es pura casualidad.
viernes, 10 de agosto de 2012
martes, 17 de abril de 2012
Una carta
Estoy un poco confusa. No sabía si contártelo por miedo a tu reacción, o quizás simplemente porque el hecho de expresarlo en voz alta signifique un punto de no retorno. La verdad, tampoco sé qué pretendo con esta carta, ni siquiera tengo claro por qué escribo. Sabes que siempre me ha gustado jugar con las palabras, colocarlas en un sitio, tachar y rehacer hasta conseguir una frase sorprendentemente ingeniosa o ingenuamente estúpida. En este caso tengo la extraña sensación de que sucede lo segundo.
¿Qué nos habrá pasado? Desde luego, no podemos negar que hay comunicación, y confianza, y compenetración, incluso sexo. ¿Qué es entonces? No sé, tal vez exija demasiado…
A todas la parejas les pasa: te enamoras, vas conociendo a la persona hasta el punto de que compartir el cepillo de dientes ya no es un problema y de repente…De repente ocurre aquello que en las películas solucionan con un fundido a negro y el cartel de The End. Pero aquí no podemos hacer eso (me puedo pintar de negro, sí, pero creo que no solucionaría gran cosa…)
Nos debemos a la situación y ésta exige actuar con madurez. Por eso creo que voy a decidirme a hablar, a sincerarme y explicarte cómo de molesto resulta tu carácter por las mañanas y que siempre llegues tarde y que nunca preguntes si estoy cansada para hacer la cena y que te cueste tanto decir lo que sientes y que…
¿Sabes una cosa? A medida que escribo me voy dando cuenta de lo difícil que es pensar en mis propios errores. Quizás acabo de encontrarle el sentido a esta carta, simplemente asumir que cada uno tiene sus peculiaridades y que a pesar de ellas seguir en pie de guerra sólo puede significar una cosa: te quiero.
Pd: no sé cómo he podido imaginar por un momento que a nuestra historia se le iban agotando los minutos. ¡Qué cosas tiene la mente humana!
¿Qué nos habrá pasado? Desde luego, no podemos negar que hay comunicación, y confianza, y compenetración, incluso sexo. ¿Qué es entonces? No sé, tal vez exija demasiado…
A todas la parejas les pasa: te enamoras, vas conociendo a la persona hasta el punto de que compartir el cepillo de dientes ya no es un problema y de repente…De repente ocurre aquello que en las películas solucionan con un fundido a negro y el cartel de The End. Pero aquí no podemos hacer eso (me puedo pintar de negro, sí, pero creo que no solucionaría gran cosa…)
Nos debemos a la situación y ésta exige actuar con madurez. Por eso creo que voy a decidirme a hablar, a sincerarme y explicarte cómo de molesto resulta tu carácter por las mañanas y que siempre llegues tarde y que nunca preguntes si estoy cansada para hacer la cena y que te cueste tanto decir lo que sientes y que…
¿Sabes una cosa? A medida que escribo me voy dando cuenta de lo difícil que es pensar en mis propios errores. Quizás acabo de encontrarle el sentido a esta carta, simplemente asumir que cada uno tiene sus peculiaridades y que a pesar de ellas seguir en pie de guerra sólo puede significar una cosa: te quiero.
Pd: no sé cómo he podido imaginar por un momento que a nuestra historia se le iban agotando los minutos. ¡Qué cosas tiene la mente humana!
martes, 3 de abril de 2012
Lo que sí existe
-¿Sabes? Puede que en realidad no nos conozcamos tanto. Pensándolo bien ¿existen dos personas que estén muy unidas?
-No seas absurdo. Por supuesto que sí.
-Soy realista.
-¿Y las películas? ¿Qué me dices de las películas? ¿Y la literatura? La realidad interpretada por aquellos que saben disfrutarla…
- Fantasía barata. Engaño edulcorado.
-Está bien. Tú ganas, no merece la pena…
-¡Pero no te vayas!
-Dame una razón para no hacerlo.
-Necesito un abrazo.
-Si te lo doy, ¿prometes guardar esos segundos?
-Lo prometo.
(…)
-¿Sabes? Puede que en realidad existan.
Y entonces decidió escribir y convertir los segundos en horas.
Y en la dedicatoria un nombre de mujer.
A ti: por ayudarme a ver aquello que sí existe.
-No seas absurdo. Por supuesto que sí.
-Soy realista.
-¿Y las películas? ¿Qué me dices de las películas? ¿Y la literatura? La realidad interpretada por aquellos que saben disfrutarla…
- Fantasía barata. Engaño edulcorado.
-Está bien. Tú ganas, no merece la pena…
-¡Pero no te vayas!
-Dame una razón para no hacerlo.
-Necesito un abrazo.
-Si te lo doy, ¿prometes guardar esos segundos?
-Lo prometo.
(…)
-¿Sabes? Puede que en realidad existan.
Y entonces decidió escribir y convertir los segundos en horas.
Y en la dedicatoria un nombre de mujer.
A ti: por ayudarme a ver aquello que sí existe.
martes, 27 de marzo de 2012
Anónimos
El trayecto transcurría entre silencio, gestos cansados y ese calor apelmazante que caracteriza los transportes públicos. Como de costumbre en esos días, no tuve más remedio que acomodarme en el primer asiento libre, aunque lo de acomodarse es un decir. La gente va tan cargada que parece que sus trastos los arrastran a ellos y luego, si sobra hueco, quizás entonces se puedan sentar.
De repente, el tono de un teléfono distrae mis pensamientos. Supe al momento que no era el mío, lo que hizo la situación todavía más entretenida. Mis oídos se esforzaron por descifrar lo que una voz femenina recriminaba a su interlocutor. Lo miré de reojo, disimulada, como abstraída en mí misma (siempre me ha resultado divertido el rol de parecer ajeno).
Su expresión había cambiado, el ceño fruncido, el rubor en sus mejillas, los párpados y las manos se agitaban nerviosos…
Decidí abrir un libro. Que parezca que leo -pensé- me interesa que él siga confiando en su anonimato.
Hablaba muy bajo, con la voz suave y quebrada, intentando calmar los ánimos de lo que parecía una ruptura amorosa. La situación me entristeció. La otra voz, oculta tras el teléfono, no paraba de decir barbaridades. Ésta sonaba alta aunque insegura, obsesionada (diría yo) por llevar la razón, empeñada hasta el extremo en hacerse valer.
Anunciaron la siguiente parada por megafonía. Empecé a recoger mis cosas mientras, con gesto cómplice y casi instintivo, me despedí. Rápido y sorprendido por mi reacción, levantó su mirada inquisidora y gris.
Había olvidado por completo que yo sí fui anónima para él.
De repente, el tono de un teléfono distrae mis pensamientos. Supe al momento que no era el mío, lo que hizo la situación todavía más entretenida. Mis oídos se esforzaron por descifrar lo que una voz femenina recriminaba a su interlocutor. Lo miré de reojo, disimulada, como abstraída en mí misma (siempre me ha resultado divertido el rol de parecer ajeno).
Su expresión había cambiado, el ceño fruncido, el rubor en sus mejillas, los párpados y las manos se agitaban nerviosos…
Decidí abrir un libro. Que parezca que leo -pensé- me interesa que él siga confiando en su anonimato.
Hablaba muy bajo, con la voz suave y quebrada, intentando calmar los ánimos de lo que parecía una ruptura amorosa. La situación me entristeció. La otra voz, oculta tras el teléfono, no paraba de decir barbaridades. Ésta sonaba alta aunque insegura, obsesionada (diría yo) por llevar la razón, empeñada hasta el extremo en hacerse valer.
Anunciaron la siguiente parada por megafonía. Empecé a recoger mis cosas mientras, con gesto cómplice y casi instintivo, me despedí. Rápido y sorprendido por mi reacción, levantó su mirada inquisidora y gris.
Había olvidado por completo que yo sí fui anónima para él.
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