martes, 17 de abril de 2012

Una carta

Estoy un poco confusa. No sabía si contártelo por miedo a tu reacción, o quizás simplemente porque el hecho de expresarlo en voz alta signifique un punto de no retorno. La verdad, tampoco sé qué pretendo con esta carta, ni siquiera tengo claro por qué escribo. Sabes que siempre me ha gustado jugar con las palabras, colocarlas en un sitio, tachar y rehacer hasta conseguir una frase sorprendentemente ingeniosa o ingenuamente estúpida. En este caso tengo la extraña sensación de que sucede lo segundo.

¿Qué nos habrá pasado? Desde luego, no podemos negar que hay comunicación, y confianza, y compenetración, incluso sexo. ¿Qué es entonces? No sé, tal vez exija demasiado…

A todas la parejas les pasa: te enamoras, vas conociendo a la persona hasta el punto de que compartir el cepillo de dientes ya no es un problema y de repente…De repente ocurre aquello que en las películas solucionan con un fundido a negro y el cartel de The End. Pero aquí no podemos hacer eso (me puedo pintar de negro, sí, pero creo que no solucionaría gran cosa…)

Nos debemos a la situación y ésta exige actuar con madurez. Por eso creo que voy a decidirme a hablar, a sincerarme y explicarte cómo de molesto resulta tu carácter por las mañanas y que siempre llegues tarde y que nunca preguntes si estoy cansada para hacer la cena y que te cueste tanto decir lo que sientes y que…

¿Sabes una cosa? A medida que escribo me voy dando cuenta de lo difícil que es pensar en mis propios errores. Quizás acabo de encontrarle el sentido a esta carta, simplemente asumir que cada uno tiene sus peculiaridades y que a pesar de ellas seguir en pie de guerra sólo puede significar una cosa: te quiero.

Pd: no sé cómo he podido imaginar por un momento que a nuestra historia se le iban agotando los minutos. ¡Qué cosas tiene la mente humana!

martes, 3 de abril de 2012

Lo que sí existe

-¿Sabes? Puede que en realidad no nos conozcamos tanto. Pensándolo bien ¿existen dos personas que estén muy unidas?
-No seas absurdo. Por supuesto que sí.
-Soy realista.
-¿Y las películas? ¿Qué me dices de las películas? ¿Y la literatura? La realidad interpretada por aquellos que saben disfrutarla…
- Fantasía barata. Engaño edulcorado.
-Está bien. Tú ganas, no merece la pena…
-¡Pero no te vayas!
-Dame una razón para no hacerlo.
-Necesito un abrazo.
-Si te lo doy, ¿prometes guardar esos segundos?
-Lo prometo.

(…)

-¿Sabes? Puede que en realidad existan.

Y entonces decidió escribir y convertir los segundos en horas.
Y en la dedicatoria un nombre de mujer.
A ti: por ayudarme a ver aquello que sí existe.

martes, 27 de marzo de 2012

Anónimos

El trayecto transcurría entre silencio, gestos cansados y ese calor apelmazante que caracteriza los transportes públicos. Como de costumbre en esos días, no tuve más remedio que acomodarme en el primer asiento libre, aunque lo de acomodarse es un decir. La gente va tan cargada que parece que sus trastos los arrastran a ellos y luego, si sobra hueco, quizás entonces se puedan sentar.

De repente, el tono de un teléfono distrae mis pensamientos. Supe al momento que no era el mío, lo que hizo la situación todavía más entretenida. Mis oídos se esforzaron por descifrar lo que una voz femenina recriminaba a su interlocutor. Lo miré de reojo, disimulada, como abstraída en mí misma (siempre me ha resultado divertido el rol de parecer ajeno).
Su expresión había cambiado, el ceño fruncido, el rubor en sus mejillas, los párpados y las manos se agitaban nerviosos…
Decidí abrir un libro. Que parezca que leo -pensé- me interesa que él siga confiando en su anonimato.
Hablaba muy bajo, con la voz suave y quebrada, intentando calmar los ánimos de lo que parecía una ruptura amorosa. La situación me entristeció. La otra voz, oculta tras el teléfono, no paraba de decir barbaridades. Ésta sonaba alta aunque insegura, obsesionada (diría yo) por llevar la razón, empeñada hasta el extremo en hacerse valer.

Anunciaron la siguiente parada por megafonía. Empecé a recoger mis cosas mientras, con gesto cómplice y casi instintivo, me despedí. Rápido y sorprendido por mi reacción, levantó su mirada inquisidora y gris.
Había olvidado por completo que yo sí fui anónima para él.

viernes, 29 de julio de 2011

¿Para qué sirve el arte?

-Dime una cosa: ¿Para qué sirve el arte?

-Para jugar. Para jugar con las palabras, con los sentidos, para jugar con lo que vemos (o no), para jugar con el mundo, con nosotros, con la vida.

-Entonces, la pregunta es: ¿para qué sirve el juego?

-Para divertirse, para sonreír, para emocionar, para crecer, para creer.

-Comprendo. Podríamos llamarlo… ¿instinto de supervivencia?

-Exacto.

domingo, 26 de junio de 2011

Antes solía...


Cargó en aquel poema lo poco que quedaba del registro de sus años. Sus palabras reconocen las heridas, el resultado de fingir un drama ajeno. Nos miraba sincero, desde dentro, olvidado entre arrugas, pequeño.
De repente, ese espantoso olor a resignación sacudió sin pudor las brasas de lo vivido. Entonces musitó: antes solía andar en bici.

martes, 21 de junio de 2011

La señora sin nombre

La señora sin nombre. Por esta descripción podría ser cualquiera, podría tratarse de ti, de un amigo, incluso de un nosotros de dos novios que se regalan el yo. A veces imagino que esto no es real, que ella no es nadie más que el personaje que he creado para alimentar mis letras, para exigir emoción al aburrimiento de las horas muertas. Me cuesta admitir que no es así, que no son mis manos las que manipulan el relato, sino ella, su propia vida cargada de defectos como la de otros tantos, su propia vida me cede el privilegio de la curiosidad. Una más entre aquellos excéntricos que alimentan cotilleos de los que dicen ser gente común. Todos sabemos de su existencia, creemos conocer su historia al permitirnos la licencia de inventarla sin comprender, a penas, que todavía no le hemos puesto nombre. Quizás no importe tanto, al fin y al cabo estamos acostumbrados a tratar con el mundo desde la distancia, a forjar cadenas de relaciones que fallan en lo fundamental.
A veces olvidamos que lo esencial es invisible simplemente por su facilidad de mostrarse sin tapujos.